El cine ha enriquecido nuestro mundo perceptivo, tanto óptica como acústicamente profundizando nuestra percepción.
Barthes señala : “ante la pantalla no soy libre de cerrar los ojos, pues al volver a abrirlos no volvería a encontrar la misma imagen, estoy sujeto a una continua voracidad".
Esta voracidad a una velocidad constante en el espectador funciona también para cualquier relato en el que lo visual se vea implicado.
Llamamos imagen al conjunto de lo que aparece. “El fotograma de máxima intensidad que nos produce algo que esta más allá del conocimiento. Una fugacidad detenida que nos brinda el sentido de lo incognoscible”.
Las imágenes como materia de la visión, en su aparecer, se agotan en su aparecérsele a alguien, en su provocar o despertar un parecer. Aparecer es el verbo en el cual se juega el sentido del acontecimiento cinemático. Aparecer supone un impulso de irrupción luminosa, una vibración brillante que corta el plano inmanente de lo negro, como sustancia misma del ensueño y se conforma con éste.
El aparecer de la imagen luz, existe en sí. Este en sí de la imagen es la materia misma en acción, la materia flujo o como afirmara Deleuze, "la identidad absoluta de la imagen y el movimiento"
La luz es ciertamente movimiento de partículas centellantes, que forman o dislocan reflejos, que trazan estelas. Si lo propio de la luz es envolver una relación con la oscuridad como negación, es posible pensar la imagen luz como un doble movimiento:
De extensión, al que ninguna sucesión de imágenes (relato) puede escapar y un extraño y poderoso movimiento de intensidad, donde el acontecimiento es convocado como el nombre propio de aquello que llamamos sentido.
El sentido no debe ser confundido con la realización temporal de alguna materialidad, sino como un acto de lenguaje
Una fenomenología distinta distingue la esencia de la imagen cinética de la imagen fotográfica, marcada por la velocidad de animación de aquello que aparece, sostenida en su principio motor y que convierte al relato cinético en el arte de aquello que ha pasado o se encuentra sucediendo.
Hobsbawm define a nuestro siglo como “corto”. El siglo de las desapariciones profetiza Virilio y lo confirma Berger. Sin dudas, es el siglo corto de las velocidades audiovisuales, entendidas como el gran viaje forzoso, donde el relato cinético es el que más claramente representa la experiencia moderna, aquella profetizada por Baudelaire como el dominio de lo efímero, lo fugaz y lo contingente, aquella del paroxismo del transporte hacia otros sitios desconocidos, mejor aún, la imagen cinética logra transportarnos a un sin lugar desconocido.
La pantalla, una vez que se apagan las luces, deja de ser una superficie para convertirse en un espacio (el espacio escénico), en algo parecido a un cielo, lleno de acontecimientos y personas. Este espacio tiene algo de celestial en el sentido de que es al mismo tiempo sideral y subjetivo y continuamente nos somete a un proceso de encuentros y partidas.
La pantalla/ especio escénico nos revela su profundo carácter de escondite: un campo ciego donde los personajes habitan su punto ciego en la duración de la materia flujo.
Pero la fascinación por la imagen movimiento guarda un doblez inesperado, al comprobar que nos encontramos en un cielo refractario en el que nadie puede permanecer y nos enfrentamos a un campo ciego que tarde o temprano será revelado.
Tal vez allí radique su atractivo, su voluntad de movilización seductora, en hacer visible al alma un refugio solo aceptable a los vagabundos decididos a perderlo todo en cada función.
En el relato / sucesión de imágenes, toda pose resulta "arrebatada y negada' por la sucesión de la duración continua de las imágenes. Es una fenomenología distinta a la fotografía. Allí donde la pantalla/ espacio escénico, resulta un escondite, el marco fotográfico sólo reviste el carácter de límite
"Lo que fundamenta la naturaleza de la fotografía es la pose" dice Barthes.
¿No es el orden de las poses o los instantes privilegiados, encendidos como puntos de coagulación lumínica aquello que llamamos fundamento del cine mismo?
El movimiento implica un cambio cualitativo en lo que aparece. Somos capaces, por ejemplo, de distinguir pequeños movimientos locales expresados por el rostro, como micro movimientos intensivos
Deleuze ha sido preciso al sostener que los instantes como corte inmóvil del movimiento, son inseparables, en una sucesión de imágenes, del movimiento que puede ser pensado como un corte móvil de la duración. Dos niveles radicalmente distintos de la materia flujo han sido conectados por Deleuze, el que corresponde a los conjuntos y sus partes artificialmente cerrados y el que se constituye en el todo.
Es posible definir a la sucesión de imágenes tanto en el cine como en el espacio escénico, como una tensión irreductible entre:
A) Los instantes privilegiados que se ligan a la gestualidad y a los encuadres y / o puntos de vista y
B) La traslación de los puntos luminosos en el espacio, donde hay necesariamente un cambio cualitativo en la pose, una aprehensión desfasada de los cuerpos escenificados construida por la velocidad inmanente al mecanismo.
Si la imagen cinética actualiza en cada relato lo que ha sido del cuerpo desaparecido, es porque en cada acto no deja de arrastrar hasta el presente edades de nuestra memoria y fragmentos de historia material, poniendo en suspenso la raíz melancólica y en cierta medida funeraria de la fotografía, como aquel pasado que provoca un viaje de nuestra mirada.
De esta forma la fotografía como el pasado que ha sido, abre un deslizamiento a la aventura, como experiencia extraordinaria, como singularidad intensiva en el acceso que proporciona al deseo, de deleitarse con parcialidades por minúsculas que éstas sean o mejor aún, permitiendo indagar cierta fascinación fetichista que goza al robarse del mundo, para el disfrute privado, las más extravagantes posturas, las extrañas superficies de un rostro, sus marcas como singularidades del estilo de un sujeto, toda una antropología sociológica de los objetos parciales, donde la superficie brillante es el lugar que punza el sentido.
Si el cine estilísticamente moderno ha sido definido por la expresión de Godard: "ninguna imagen justa, justo una imagen", la justeza de la imagen y el lento paneo hacia ésta nos imbrica en un tiempo suspendido, el del genio de los rostros amados que mantienen en lo que subyace, una redundancia infinita y una tensión irreductible.
· Trabajo basado en el apunte : La incandescente belleza del artificio. Meditaciones sobre la fotografía como imagen incidental. Adrián Cangi
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